Parque Lezama: Lo que hay que ver

Se encuentra en el barrio de San Telmo, Otros dos barrios más acarician sus veredas ellos son La Boca y Barracas. En una de las pocas barrancas naturales libres de cemento o edificios se muestra orgulloso porque allí, según lo indican muchos historiadores Pedro de Mendoza, en 1536 durante la fiesta religiosa de la Epifanía, desembarcó erigiendo el “Puerto de Nuestra Señora Santa María del Buen Ayre”.

El Parque Lezama, en la Ciudad de Buenos Aires, te contamos su historia y la de sus monumentos

La zona se conoció con varios nombres «El Bajo de la Residencia», «La punta de Doña Catalina” y la «Barranca de Marcó».  En el lugar también se asentaron pequeñas industrias como el primer horno de ladrillos, el primer molino de viento como así también los depósitos para almacenar mercaderías y, la barraca de la «Real Compañía de Filipinas», donde descendían los esclavos antes de llevarlos a la zona de El Retiro.

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Con el correr de los años toda la zona se fue convirtiendo en un lugar donde la aristocracia porteña edificaba quintas para pasar las vacaciones. Recordemos que el rio llegaba cerca de lo que hoy es Paseo Colón. El predio propiamente dicho del Parque Lezama es comprado por primera vez por el Alférez Real Ventura Marcó del Pont (de ahí el nombre de la Barranca de Marcó), luego por Manuel Gallego y Valcárcel, antiguo secretario del Virreinato. Al fallecer en 1808 va a remate y adquiere el lote y la casaquinta de 32 habitaciones el escoses Daniel McKinley.

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Este usa el terreno para plantar árboles frutales y hortalizas. La «Quinta de los Ingleses», como la nombraron los porteños, pasó a manos de Charles Ridley Horne. Quien le hizo sustanciales cambios. Creando jardines atiborrados de rosales, camelias y árboles exóticos. Fue esta pasión que lo acercaron al Gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, una amistad que lo obligó a exiliarse con el derrocamiento de su amigo. Desde Montevideo le vende al salteño José Gregorio Lezama la propiedad quien compra los terrenos linderos a la calle Brasil y transforma el entorno en el más distinguido y bello de la metrópoli.

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Lezama contrató a un paisajista para que le diseñara el nuevo parque. Así quedaron trazados los senderos, muchos de los cuales hoy vemos. Además, ubicó esculturas, monumentos, copones y bancos de mármol. El propio Lezama, amigo del caudillo entrerriano Justo José de Urquiza, intercambio plantas que este tenía en su Palacio San José. Plantó eucaliptos, olmos, lapachos, jacarandás, palos borrachos, camelias, arrayanes y diversas especies exóticas traídas de todas partes del mundo.

Lezama remodeló el antiguó caserón, incorporándole un estilo italiano y con galería exterior. Además, mandó construir una torre mirados desde donde no solo se podía contemplar el parque sino también el río, las quintas aledañas y la centro de la Ciudad.

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Con la muerte de Lezama su esposa, Ángela de Álzaga vendió la quinta a la Ciudad con la condición de que fuera destinada a un espacio público y que llevara el nombre de su último propietario, y así en 1894, nace el Parque Lezama. Años más tarde la casa se convierte en la sede del Museo Histórico Nacional. Rápidamente la zona se transformó en paseo de la elite de la época. Un espacio ideal para caminar y recrearse, en especial durante las noches de verano.

A comienzos del siglo pasado se construye un gran anfiteatro, sobre Brasil, donde tocaban orquestas de música. Tenía catorce graderías, distribuidas a lo largo del espacio, que permitían el acceso al mismo. De esta manera, 6000 personas podían participar de los encuentros artísticos. A ambos lados del kiosco destinado a los ejecutantes, se formaron jardines con decoraciones y artísticos jarrones en su centro, completando al conjunto.

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